La física cuántica y el modelo informacional

Hay una frase que se atribuye a Richard Feynman — uno de los físicos que más contribuyó a desarrollar la mecánica cuántica — que resume bien la situación: «Si crees que entiendes la mecánica cuántica, es que no la entiendes.» No lo decía como broma ni como provocación. Lo decía como advertencia honesta sobre la naturaleza de una teoría que funciona con una precisión extraordinaria y que, al mismo tiempo, describe un mundo que ninguna intuición humana puede visualizar cómodamente.

La mecánica cuántica es la teoría más precisa que la física ha producido. Sus predicciones han sido verificadas con una exactitud de hasta una parte en diez mil millones. Está en el fundamento de casi toda la tecnología moderna: semiconductores, láseres, resonancia magnética, GPS, pantallas de cristal líquido. Sin mecánica cuántica, no habría mundo digital.

Y sin embargo, lo que describe — lo que dice sobre la naturaleza de la realidad a escala subatómica — contradice de manera frontal nuestra imagen intuitiva del mundo. Las partículas no tienen posiciones definidas antes de ser medidas. Los objetos pueden estar en múltiples estados simultáneamente. Dos partículas separadas por cualquier distancia pueden estar correlacionadas de maneras que ninguna descripción local puede explicar. La medición no revela propiedades preexistentes — las constituye.

Esta serie de artículos explora esos fenómenos uno por uno. No con el objetivo de hacer divulgación científica estándar — hay muchos libros excelentes para eso — sino con un objetivo más específico: mostrar qué dice la física cuántica sobre la naturaleza de la realidad, y por qué eso converge con lo que el modelo informacional propone.


Una advertencia antes de empezar

Esta serie no pretende demostrar el modelo informacional a partir de la física cuántica. La física cuántica es física — describe el comportamiento de los sistemas cuánticos con precisión extraordinaria, pero no prescribe ninguna interpretación ontológica única. Hay múltiples interpretaciones de la mecánica cuántica — Copenhagen, muchos mundos, variables ocultas, relacional, informacional — y ninguna está definitivamente establecida.

Lo que esta serie sí hace es mostrar que la física cuántica es coherente con el modelo informacional, y que en varios puntos clave — la no preexistencia de propiedades, la información como más fundamental que los objetos, la no separabilidad global — apunta en la misma dirección que el modelo propone desde argumentos filosóficos.

No es una demostración. Es una convergencia. Y como hemos ido viendo a lo largo de esta obra, cuando múltiples líneas de evidencia independientes convergen en la misma dirección, esa convergencia merece tomarse en serio.


Superposición y colapso de la función de onda: cuando la realidad no está decidida

El estado de un sistema cuántico se describe mediante la función de onda — en notación matemática, ψ (psi). La función de onda no dice dónde está la partícula. Dice cuáles son las probabilidades de encontrarla en distintos lugares si se la mide.

La interpretación habitual en física — la interpretación de Copenhagen, desarrollada por Bohr y Heisenberg en los años veinte — es que la función de onda no describe la ignorancia del observador sobre una realidad preexistente. Describe la realidad misma. Antes de la medición, la partícula no está en ningún lugar definido. Está en una superposición de múltiples posibilidades, cada una con una amplitud de probabilidad. La función de onda captura esa superposición de manera completa y exacta.

Esto no es lo mismo que decir que no sabemos dónde está. Es decir que la pregunta «¿dónde está?» no tiene respuesta antes de la medición — no porque nos falte información, sino porque la propiedad «posición» no existe como hecho definido hasta que una interacción la constituye.

La distinción es sutil pero fundamental. En el mundo clásico, medir es descubrir. En el mundo cuántico, medir es en parte constituir.


La superposición: múltiples posibilidades simultáneas

La superposición cuántica es el estado en el que un sistema existe en múltiples posibilidades al mismo tiempo — no en el sentido de que va alternando entre ellas, sino en el sentido de que todas coexisten en una estructura matemática unitaria que la función de onda describe.

El ejemplo más famoso es el del gato de Schrödinger — un experimento mental diseñado precisamente para hacer visible la rareza de la superposición. Un gato está encerrado en una caja junto a un mecanismo que puede liberarlo o matarlo dependiendo del estado de un átomo radiactivo. Si el átomo no ha decaído, el gato vive. Si ha decaído, el gato muere. Según la mecánica cuántica, antes de abrir la caja, el átomo está en superposición de decaído y no decaído. Y por lo tanto el gato está en superposición de vivo y muerto.

Schrödinger diseñó este experimento para mostrar lo absurdo que parece aplicar la mecánica cuántica a objetos macroscópicos. Pero la mecánica cuántica no dice que los gatos macroscópicos estén en superposición — la decoherencia, que exploraremos en un artículo posterior, explica por qué los objetos grandes parecen tener propiedades definidas. Lo que dice es que los sistemas cuánticos microscópicos genuinamente están en superposición antes de interactuar con su entorno.

Y eso ha sido verificado experimentalmente de múltiples maneras. Los experimentos de interferencia cuántica — que exploraremos en el artículo sobre la doble rendija — son la evidencia más directa: solo si la partícula está realmente en superposición de múltiples caminos simultáneamente puede producirse el patrón de interferencia que se observa.


El colapso: cuando la superposición se resuelve

Cuando se realiza una medición sobre un sistema cuántico en superposición, algo ocurre que los experimentos muestran de manera inequívoca: el resultado es siempre uno de los valores posibles, nunca una mezcla. Si un electrón estaba en superposición de espín arriba y espín abajo, al medirlo se obtiene arriba O abajo — con las probabilidades que la función de onda predecía — pero nunca algo intermedio. Esto ha sido verificado experimentalmente millones de veces con una precisión extraordinaria. Es uno de los hechos más sólidos de toda la física.

Lo que no está verificado — y es el problema más profundo de la mecánica cuántica — es qué ocurre durante esa transición.

Matemáticamente, el colapso se describe así. Antes de medir, la función de onda es una superposición de términos:

ψ = a|resultado A⟩ + b|resultado B⟩

Donde a y b son amplitudes cuyas probabilidades al cuadrado suman uno. Después de medir y obtener el resultado A, la función de onda pasa a ser simplemente:

ψ = |resultado A⟩

Los otros términos han desaparecido. Eso es el colapso en términos matemáticos: la función de onda pasa de describir una superposición de posibilidades a describir un estado definido.

Pero aquí está el problema: ese colapso no aparece en ninguna ecuación de la mecánica cuántica. La ecuación de Schrödinger — la ley fundamental que describe cómo evoluciona la función de onda — es continua, lineal y completamente reversible. No produce colapsos. Si se aplica la ecuación de Schrödinger al sistema cuántico más el aparato de medición más el observador, todo el conjunto evoluciona en superposición. Nunca colapsa.

Y sin embargo, los experimentos siempre producen resultados definidos. Nunca observamos superposiciones macroscópicas.

Este es el problema de la medición — uno de los problemas más antiguos y más debatidos de la física teórica. Y no tiene solución consensuada. Las distintas interpretaciones de la mecánica cuántica son, fundamentalmente, distintas propuestas para resolver este problema:

La interpretación de Copenhagen dice que el colapso ocurre cuando se realiza una medición, y que preguntar qué ocurre «durante» el colapso no tiene sentido físico. La función de onda es una herramienta para predecir resultados, no una descripción de realidad física. El colapso es la actualización de esa herramienta tras obtener un resultado. Esta interpretación es pragmáticamente útil pero filosóficamente insatisfactoria para muchos, porque esquiva la pregunta en lugar de responderla.

La interpretación de muchos mundos dice que el colapso no ocurre. La ecuación de Schrödinger es siempre válida y nunca hay colapso. Cuando se realiza una medición, el universo entero se ramifica: en una rama el resultado es A, en otra es B. El observador en cada rama solo ve uno de los resultados, lo que explica por qué siempre obtenemos resultados definidos. Todos los resultados posibles se realizan, pero en ramas del universo que ya no pueden interferir entre sí. No hay colapso — hay proliferación de ramas.

La interpretación de variables ocultas de Bohm dice que las partículas tienen posiciones definidas en todo momento, guiadas por una onda piloto que contiene información sobre la configuración global del sistema. La aparente indeterminación no es fundamental sino resultado de ignorancia sobre esas variables ocultas. El «colapso» es simplemente la actualización del conocimiento sobre las variables ocultas cuando se realiza una medición.

La interpretación relacional de Rovelli dice que el estado cuántico de un sistema no es absoluto sino relativo al sistema que lo observa. No hay un estado cuántico objetivo del universo — solo estados relativos a sistemas que interactúan entre sí. El colapso no es un evento físico objetivo sino la actualización del estado relativo entre dos sistemas cuando interactúan.

La interpretación informacional — QBism — dice que la función de onda no describe el estado objetivo del sistema sino el estado de conocimiento y las expectativas del agente que realiza la medición. El colapso es la actualización de ese conocimiento cuando se obtiene un resultado, de la misma manera que las probabilidades de un dado se «colapsan» a un resultado cuando se lanza. No es un evento físico — es una actualización de creencias.

Estas interpretaciones producen exactamente las mismas predicciones experimentales. No hay ningún experimento conocido que las distinga. La pregunta de cuál es correcta es, en el estado actual de la física, una pregunta filosófica más que científica.

Lo que todas comparten — y esto es lo que importa para el modelo informacional — es que las propiedades cuánticas no preexisten a las mediciones en el sentido clásico. Sea porque el colapso es real y selecciona un resultado, sea porque el universo se ramifica, sea porque las propiedades son relativas al observador: en ninguna interpretación las propiedades físicas son hechos definidos que esperan ser descubiertos. Son posibilidades que se realizan — de una manera u otra — en la interacción.


Lo que el colapso dice sobre la naturaleza de las propiedades

Independientemente de qué interpretación se adopte, hay algo en lo que todas coinciden: las propiedades cuánticas no preexisten a las mediciones en el mismo sentido en que las propiedades clásicas preexisten a las observaciones.

En el mundo clásico, una partícula tiene una posición. La medición la revela. En el mundo cuántico, una partícula tiene una función de onda que describe probabilidades. La medición produce un resultado — pero ese resultado no estaba determinado antes de la medición en el sentido clásico.

Los experimentos de Bell — que exploraremos en el artículo sobre entrelazamiento — confirman esto de manera inequívoca: no existe ninguna descripción de la realidad basada en propiedades locales preexistentes que sea compatible con los resultados experimentales. Las propiedades no preexisten a las interacciones que las constituyen.

Esto es directamente relevante para el modelo informacional. Si las propiedades físicas no preexisten sino que se constituyen en la interacción, entonces lo que es fundamental no son los objetos con propiedades sino las interacciones que generan propiedades. La realidad no es un inventario de hechos preexistentes sino un proceso en el que los hechos se realizan.

Eso no es lo que la mecánica cuántica afirma explícitamente — la mecánica cuántica es agnóstica sobre ontologías. Pero es coherente con ello. Y es exactamente lo que el modelo informacional propone: que la realidad no está hecha de cosas con propiedades sino de estructuras relacionales que se realizan en la interacción.


El principio de incertidumbre: no ignorancia sino estructura

Antes de cerrar, conviene detenerse en el principio de incertidumbre de Heisenberg, porque es uno de los conceptos más malinterpretados de la física.

El principio establece que ciertas parejas de propiedades — posición y momento, energía y tiempo — no pueden conocerse simultáneamente con precisión arbitraria. Cuanto más precisamente se determina una, menos precisamente puede determinarse la otra. La relación matemática es:

Δx · Δp ≥ ħ/2

La malinterpretación habitual es que esto refleja una limitación de nuestros instrumentos — que al medir la posición perturbamos el momento, y viceversa. Que si tuviéramos instrumentos más precisos podríamos medir ambas simultáneamente.

No es así. El principio de incertidumbre no es una limitación tecnológica. Es una propiedad estructural de la realidad cuántica: posición y momento no son propiedades que el sistema tenga simultáneamente con valores definidos. Son propiedades complementarias — definir una con precisión implica necesariamente que la otra no tiene un valor preciso. No porque no lo conozcamos, sino porque no existe.

Esto tiene una consecuencia filosófica directa: la descripción completa de un sistema cuántico no es una lista de propiedades definidas. Es una función de onda que describe posibilidades. La realidad cuántica no está hecha de hechos definidos sino de potencialidades estructuradas.

Y eso es, de nuevo, coherente con la imagen que el modelo informacional propone: que lo fundamental no son los objetos con propiedades sino las estructuras de posibilidades coherentes que se realizan en la interacción.


Un punto de partida, no una conclusión

La superposición, el colapso y el principio de incertidumbre no son curiosidades exóticas de la física de partículas. Son propiedades fundamentales de la realidad a su escala más básica, verificadas experimentalmente con una precisión extraordinaria.

Lo que dicen, en su nivel más profundo, es que la imagen clásica de una realidad hecha de objetos con propiedades definidas no es correcta. La realidad cuántica es más sutil: es un tejido de posibilidades que se realizan en las interacciones, de propiedades que no preexisten sino que emergen de los encuentros entre sistemas.

Ese es el punto de partida de esta serie. En los artículos siguientes, cada fenómeno cuántico que exploremos añadirá una capa más a esa imagen — hasta que, al final, la convergencia con el modelo informacional sea difícil de ignorar.