Hay una pregunta que la física lleva décadas esquivando, no por falta de rigor sino por exceso de prudencia: ¿de qué está hecha la realidad?
La respuesta habitual es «materia y energía». Pero esa respuesta describe qué encontramos cuando miramos el universo, no qué es en su nivel más profundo. Y cuando la física moderna intenta ir un paso más allá — cuando describe un electrón, por ejemplo — lo que encuentra no es una partícula sólida sino una excitación de un campo. No una cosa, sino un patrón. No una sustancia, sino algo que está ocurriendo.
Este modelo parte de ahí y lleva esa lógica hasta su consecuencia: el nivel más fundamental de la realidad no está hecho de cosas. Está hecho de acontecimientos.
La trampa de la gramática
Antes de entrar en la física, conviene desmontar una intuición que todos llevamos incorporada sin saberlo. No viene de la ciencia ni de la experiencia. Viene de la gramática.
Nuestras lenguas obligan a que casi todo verbo tenga un sujeto. Así que cada vez que vemos un suceso, fabricamos una cosa que lo ejecute. Decimos «el viento sopla» — como si hubiera dos entidades, el viento y su soplar. Pero no las hay: quitemos el soplar y no queda viento alguno. El viento es el soplar. Hemos duplicado un único acontecimiento en cosa-más-acción por pura necesidad sintáctica. «Llueve», «truena», «relampaguea». ¿Qué llueve? Nada. No hay un algo que ejecute la lluvia: hay lluvia ocurriendo, y el sujeto gramatical está vacío. Ahí donde el acontecimiento se impone, el idioma renuncia a inventarle una cosa.
Una vez que se ve esto, los ejemplos aparecen por todas partes. Una llama no es una cosa que arde — es el arder sostenido. Un remolino no es un objeto en el río — es el río remolineando. Una partida de ajedrez no es ninguna cosa que puedas señalar: no es el tablero ni las piezas. Es algo que está ocurriendo, perfectamente real, con historia y estructura propias.
La pregunta que este modelo se toma en serio es la siguiente: ¿y si el nivel más profundo de la realidad se parece más a «llueve» que a «la piedra cae»? ¿Y si la realidad, en sí misma, es la distinción, la actualización constante de posibilidades que estaban en potencia?
Lo que la física encuentra cuando busca la cosa
La física del último siglo ha hecho, sin proponérselo, exactamente ese experimento: perseguir la «cosa» hacia abajo, nivel tras nivel, para ver qué hay en el fondo.
¿Qué es un electrón? La teoría cuántica de campos — el marco más preciso que tenemos para describir la materia — responde: una excitación de un campo. No una bolita que vibra: la vibración misma. ¿Y qué es el campo? No es una sustancia con propiedades añadidas. Está definido por lo que hace — cómo se propaga, cómo se acopla, cómo responde. Cada vez que se pide el sustrato que hay debajo del comportamiento, la física devuelve más comportamiento. Nunca aparece la cosa inerte que, además, actúa.
Y hay un resultado todavía más directo. Los experimentos sobre las desigualdades de Bell — confirmados con precisión creciente durante décadas y reconocidos con el Premio Nobel de Física de 2022 — muestran que las partículas no tienen propiedades completamente definidas antes de interactuar. La realidad no puede describirse como un conjunto de objetos locales con propiedades preexistentes. Las propiedades se vuelven definidas en la interacción.
Dicho de otro modo: el acontecimiento es anterior a la cosa. Algunas interpretaciones serias de la mecánica cuántica — como la interpretación relacional de Carlo Rovelli — llevan esta lectura hasta el final: el mundo como una red de interacciones-eventos, donde las «cosas» son lo que esos eventos van tejiendo de forma estable.
El primitivo: eventos que actualizan potencias
Con esto podemos formular el punto de partida del modelo con precisión.
Lo fundamental no es un conjunto de cosas. Tampoco es — y esto conviene subrayarlo — un almacén estático de posibilidades esperando a ser usadas. Lo fundamental es el ocurrir mismo: eventos de actualización.
Cada evento actualiza una potencia — usamos la palabra en su sentido aristotélico: una capacidad real de ocurrir, abierta por los eventos anteriores. No una mera posibilidad lógica, sino una tendencia con peso, que puede actualizarse o no. Es lo que el filósofo Karl Popper llamó propensión. Y al actualizarse, cada evento redefine las potencias disponibles para los eventos siguientes. La realidad es esa trama de actualizaciones encadenadas: cada una hereda de las anteriores y abre las siguientes.
Nótese algo importante que desarrollaremos en detalle al hablar del tiempo: este punto de partida tiene una direccionalidad incorporada. Actualizar una potencia no es una operación simétrica — una potencia que se vuelve hecho no puede volver a ser mera potencia. La flecha del tiempo no habrá que explicarla más adelante con mecanismos añadidos: el modelo la hereda directamente de su único ingrediente básico.
¿Y dónde quedan las cosas? Exactamente donde la llama y el remolino: las cosas son patrones estables de ocurrir. Un átomo, una piedra, un organismo — configuraciones de eventos que se repiten con la estabilidad suficiente como para que nuestra percepción y nuestro lenguaje las traten como objetos. No es un error tratarlas así en la vida cotidiana. El error es tomarlas como el nivel fundamental.
La información como acto de distinguir
Si lo fundamental es el ocurrir, ¿por qué este modelo se llama informacional? La respuesta está en entender qué es la información en su sentido más profundo — que no es el de los datos, los mensajes o los bits.
El matemático y filósofo George Spencer-Brown, en su obra Laws of Form (1969), partió de la operación más primitiva posible: trazar una distinción. Separar algo de todo lo demás. Su punto de partida fue que antes de cualquier forma, de cualquier número, de cualquier estructura, hay un acto primordial — hacer una distinción — y que de ese acto, solo de él, puede derivarse toda la lógica y la aritmética. Gregory Bateson lo formuló filosóficamente: información es una diferencia que hace una diferencia. Y David Ellerman ha formalizado esta intuición matemáticamente: la lógica de particiones — el estudio de cómo se hacen distinciones — es dual a la lógica de conjuntos, y la entropía de Shannon resulta ser exactamente la medida de las distinciones que una partición realiza.
Fijémonos en lo que estos tres autores tienen en común: la distinción no es una cosa. Es un acto. Distinguir es algo que ocurre.
Y aquí las piezas encajan. Cada evento de actualización es, exactamente, una distinción que se realiza: algo indefinido se vuelve definido. Lo que antes era un abanico de potencias pasa a ser un hecho concreto, separado de todo lo que pudo ser y no fue. La información, en el sentido de este modelo, es el acto de distinguir y la trama de distinciones ya realizadas. La realidad es el proceso de distinguirse.
La física ofrece una ilustración precisa de esto. Una simetría perfecta es la ausencia de distinción — todo equivalente, nada diferenciado. Romper una simetría es realizar una distinción. Por eso la ruptura espontánea de simetría — el mecanismo del campo de Higgs, por ejemplo — puede leerse como el proceso por el que ciertas distinciones se actualizan y generan estructura donde antes había indistinción.
La matemática: el mapa de lo posible
Queda por situar a la matemática, y aquí el modelo toma una posición que conviene formular con cuidado, porque se distingue tanto de la visión habitual como de su alternativa más conocida.
La visión habitual dice que la matemática es una herramienta humana para describir el mundo desde fuera. La alternativa más audaz — la hipótesis del universo matemático del físico Max Tegmark — dice que la realidad es una estructura matemática, y que todos los universos matemáticamente posibles existen con el mismo derecho. La posición de Tegmark es coherente y provocadora, pero carga con un problema que él mismo no resuelve: si la existencia matemática y la existencia física son lo mismo, ¿qué distingue este mundo concreto — el que está ocurriendo — de una mera posibilidad abstracta? Esa distinción es precisamente lo que habría que explicar, no lo que puede darse por supuesto.
El modelo responde de otra forma. La matemática no es el sustrato de la realidad ni su descripción externa: es el mapa de lo posible. Describe qué configuraciones de distinciones pueden sostenerse sin contradicción y cuáles no. Es la gramática del ocurrir — real como restricción, porque las restricciones sobre lo que puede ocurrir son tan reales como lo que ocurre — pero no es lo que ocurre.
Vista así, la matemática entera adquiere una unidad sorprendente. La geometría estudia qué distinciones espaciales son consistentes. La topología estudia qué propiedades sobreviven cuando ciertas distinciones se deshacen. La teoría de grupos estudia qué transformaciones dejan ciertas distinciones invariantes — es decir, qué simetrías existen. En todos los casos, la matemática mapea el espacio de las distinciones posibles. Y esto explica, de paso, su «irrazonable efectividad» para describir el universo: el mapa encaja con el territorio porque el mapa es, exactamente, el inventario de lo que el territorio puede hacer.
La distinción que Tegmark no puede trazar, este modelo la traza así: existencia matemática es posibilidad estructurada; existencia concreta es actualización. El teorema de Pitágoras es, sin haber surgido en ningún momento — como posibilidad estructural en el mapa. Esta conversación, en cambio, está ocurriendo. Y esa diferencia — entre lo que el mapa permite y lo que de hecho ocurre — es la más importante de todo el modelo.
Coherencia: el criterio que filtra lo posible
No todas las configuraciones concebibles pueden sostenerse. Muchas son internamente inconsistentes: se contradicen al desarrollarse, generan incompatibilidades entre sus propias reglas o no permiten patrones estables. Otras, aunque posibles en abstracto, se desorganizan inmediatamente y no logran persistir. Solo algunas redes de eventos pueden seguir ocurriendo — mantener sus regularidades, sostener causalidad y organización compleja — sin colapsar sobre sí mismas.
A esa propiedad la llamamos coherencia.
En el lenguaje de las distinciones: una red de eventos es coherente cuando las distinciones que va realizando no se anulan entre sí — cuando pueden coexistir y seguir generando estructura sin producir contradicciones que disuelvan el conjunto. La coherencia no significa armonía subjetiva ni «orden» estético. Significa capacidad de seguir ocurriendo de forma organizada.
Este criterio actúa como un filtro natural, sin que ningún agente externo seleccione nada. Algunas configuraciones simplemente pueden sostenerse; otras no. La propia física sugiere algo parecido: pequeñas variaciones en ciertas constantes fundamentales impedirían la formación de átomos estables, estrellas duraderas o química compleja. El universo observable parece existir dentro de un rango extremadamente restringido de configuraciones capaces de sostener complejidad organizada. Esto no implica diseño ni propósito. Significa algo más básico: no todo lo concebible puede seguir ocurriendo.
Entre las redes de eventos coherentes, algunas son simples; otras, extraordinariamente complejas. Y algunas alcanzan la estabilidad suficiente para constituir marcos completos — con sus propias reglas, su propio espacio, su propio tiempo. A esos marcos este modelo los llama planos informacionales. Nuestro universo sería uno de ellos. De ellos hablaremos en el siguiente post.
Para entender más profundamente el concepto de coherencia, el artículo sobre el ajuste fino — Los números que hacen posible el universo — ofrece la pista más clara que tenemos para sustentarlo.
De dónde viene esta idea
Conviene decirlo con claridad: este punto de partida no es una invención de este modelo. Es una síntesis de piezas con linaje largo y serio.
Que la realidad sea proceso antes que sustancia lo intuyó Heráclito y lo desarrolló sistemáticamente Alfred North Whitehead en su filosofía del proceso. Que lo fundamental sean relaciones y estructura, no objetos con propiedades intrínsecas, es la tesis del realismo estructural en filosofía de la física contemporánea. La distinción entre potencia y acto es de Aristóteles; su versión moderna y probabilística, de Popper. Y la lectura de la mecánica cuántica como red de eventos relacionales es de Rovelli. Lo que este modelo aporta no es ninguna de las piezas: es la forma de ensamblarlas — y, sobre todo, las consecuencias que extraeremos de ese ensamblaje sobre el tiempo, la consciencia y el peso de lo que hacemos. En el libro que acompaña a esta serie, cada una de estas deudas se trata con el detalle que merece.
Un modelo, no una verdad definitiva
Conviene cerrar este primer post siendo explícitos sobre algo que atravesará toda esta publicación.
Lo que se presenta aquí es un modelo. Con todas las implicaciones que tiene esa palabra. Ni este ni ningún otro modelo puede garantizar su correspondencia exacta con la realidad última. Así es como funciona el conocimiento: proponemos marcos que se sostienen hasta que aparece uno más completo o las evidencias los descartan.
Este modelo tiene una ventaja y dos límites que conviene nombrar desde el principio. La ventaja es que es internamente coherente — sus piezas encajan entre sí y son compatibles con lo que la física y las ciencias cognitivas han verificado. El primer límite es que no tiene formulación matemática propia que genere predicciones verificables: es filosofía bien construida, no física. Y el segundo límite es el más profundo, y el modelo lo asume sin disimulo: su primitivo no se autoexplica. El modelo parte del ocurrir, pero no puede decir por qué ocurre el ocurrir en lugar de no ocurrir nada. Esa pregunta — la más honda que puede formularse — queda fuera del alcance de cualquier modelo construido desde dentro de la realidad que intenta explicar. Reconocer ese límite no debilita el modelo. Es, precisamente, lo que le permite avanzar con honestidad en todo lo demás.
En el siguiente post: cómo las redes de eventos alcanzan la estabilidad suficiente para constituir marcos completos — los planos informacionales — y por qué el espacio, las leyes físicas y la propia geometría del universo pueden entenderse como la coherencia interna de uno de esos marcos.